jueves, 22 de agosto de 2013

Yo creí y yo pensé


En estos días me dio por buscar el origen de los desaciertos. Tengo patente de Corzo para ejercer en mi ámbito privado de pensamiento. Soy, si se quiere, un consentidor de mis ideas. Absurdas o torpes, ingenuas o lisas, son el producto de mis libres abstracciones. Eso tengo a mi favor, adoro la libertad. En tal línea de discurso busqué, en examen comparativo aéreo, usando las mismas armas que quienes yerran; es decir, descartando la investigación y en base a la especulación. Mediante un tortuoso y contradictorio viaje mental hice un análisis de las fuentes de las acciones erróneas.
En síntesis, concluí en que la mayor cantidad de acciones  estúpidas y sin sentido  provienen del ejercicio de lo subjetivo. Esta ausencia del rigor es derivación de la indisciplina. Es improvisar una actuación sin la búsqueda científica de  una respuesta  correcta. La anemia de investigación hace que la práctica muera de inanición. Por eso no me quedé ahí, seguí fluyendo hacia las causas de estas torpezas, hice un desvío y pasé entonces a la investigación. Realicé una encuesta de malas actuaciones.  
Una rotunda mayoría dijo que la causa de su error fue: ‘Yo creí’ o ‘yo pensé’. Este es mi aporte en la búsqueda de las ideas correctas: “Yo creí y yo pensé son los padres de la estupidez”.

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