jueves, 22 de agosto de 2013

24 abril, 1965 (5)


El domingo ese pueblo se lanzó a las calles lleno de júbilo en apoyo al gobierno constitucionalista que traería a Juan Bosch al país y llenó los jardines del Palacio Nacional donde estaban las nuevas autoridades. Mientras en San Isidro los generales Elías Wessin y Antonio Imbert Barreras mostraban su desacuerdo, iniciando bombardeos a la casa de gobierno y posiciones constitucionalistas. Barcos y aviones participaban de estas operaciones. Varios civiles murieron. Se dijo que un avión fue abatido por ametralladoras de los rebeldes.
El lunes siguieron los enfrentamientos. Los civiles asaltaban las posiciones de los partidarios del triunvirato. El gobierno de facto, que al asumir encontró una deuda de seis millones de pesos, dejaría otra de 150 millones. Los militares estaban corrompidos hasta la médula con tráfico de todo tipo de mercancías que incluso traían en aviones de la Fuerza Aérea Dominicana para venderlas en las cantinas militares. Era lógico ese apoyo. 
En los barrios los jóvenes fabricaban bombas incendiarias llamadas coctel Molotov en el supuesto de que eran efectivas contra los tanques de guerra que se esperaban. Ya los militares habían usado estos en la matanza del parque de la Independencia en 1962 y cuando el golpe de Estado de 1963.
El día siguiente las tensiones iban en aumento. Ya el embajador William Tapley Bennett estaba en el país y Molina Ureña y acompañantes fueron a la Embajada a una entrevista. Solicitaron su apoyo para que Wessin cesara los bombardeos. El representante de los Estados Unidos replicó que no era momento de negociar sino de rendirse. 
La delegación se dispersó. El presidente provisional se asiló en la embajada de Colombia, y el coronel Caamaño Deñó que era ministro de Interior y Policía dijo que la lucha continuaría y marchó al puente Duarte por donde entraban tropas enemigas. Tuvimos un enfrentamiento feroz. Aviones bombardeaban, tanques de guerra disparaban sus cañones y ametralladoras protegiendo su infantería, y nosotros con fusiles antiguos, armas cortas y punzantes.
Éramos el pueblo en armas. Una muralla de valor que no conocían los militares corruptos. Llenos de miedo salieron en desbandada por los barrios aledaños al puente, abandonando armas y uniformes. Una vergonzosa retirada. Cientos de muertos y heridos de ambas partes. Muchos prisioneros, tanques y pertrechos capturados al enemigo fue el balance de ese día que consagró la revolución triunfante. 

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