Era cerca de las tres de la tarde del Día de los Patriotas. Un lunes festivo en la calle Boylston. La meta del centenario Maratón de Boston estaba marcada con letras amarillas. Atletas de todas las edades, incluso discapacitados algunos auxiliados por sus familiares desfilaban continuamente llenos de júbilo por sus respectivas hazañas. En una de las graderías estaban parientes de los niños asesinados en la escuela Newtown a quienes se dedicaba la competencia. Repentinamente un estruendo sobrecogió todo los cuerpos. Se pensó en fuegos artificiales, pero luego otra explosión a unos cien metros más allá anunció el terror. La gente corrió en todas direcciones sin saber qué pasaba.
Nuevamente la mano criminal del terrorismo se ensaña contra vidas inocentes. Ocultos tras su cobardía perpetran una acción que enlutece al mundo.
Las dos explosiones nos dejaron estupefactos, desconcertados. Todos pensábamos que no era cierto. Esto es Boston. Aquí no pasan estas cosas. Boylston una importante vía comercial era de repente un amasijo de muertos y cuerpos desmembrados. No sabíamos hacia donde dirigirnos. Cualquier zafacón podía contener otra de estas bombas llenas de balines. Las sirenas de ambulancias, motos y carros de Policía ululaban con su canto de tragedia.
Aun no se qué hora es. Los relojes y los corazones están detenidos en la tranquila ciudad de Boston. A todos, las lágrimas nos moja el rostro con la salada agua de la ira.
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