Una de las acciones más ridículas de uso común es la discriminación.
Se manifiesta en variadas formas y contextos. La aplicamos por transmisión social o deformación mental. Es como una forma de percepción absurda que ejecutamos contra otros humanos. Puede ser de género, sexual, de raza, de preferencia sexual, idiomática, regional, pero siempre es una falsa superioridad.
Los discriminadores creemos ser, en la escala humana, mejor o más importante que otros. Esta opinión no tiene que aterrizar en la realidad, basta con sentirlo. Aquí en Boston, por ejemplo, un científico que llega a un hotel, el botones lo mira por debajo del hombro si éste no habla inglés. Los americanos han creado una raza nueva que es la latina y a los negros le dicen gente de color. Los dominicanos nos creemos todos rubios frente a los haitianos. Vejamos de todas las formas y maneras a los homosexuales por su inclinación sexual. Los de una religión consideran que los creyentes en otras no alcanzarán su tierra prometida y peor es contra los que no creen. Los cultos acomplejan a los analfabetas.
Es una cadena larga. Sobre eso debemos reflexionar. A veces, solo a veces me parece que nada gano con eso de discriminar. En esos pequeños momentos me siento muy igual a todos los demás. Es complicado. La discriminación me sale sola. Esa superioridad (que me inunda el cacumen como borrachera por aspiración de emanaciones) la percibo como la del alcohólico. Es una enfermedad. Es una contaminación adquirida del roce social. Entiendo que este fallo en la apreciación deviene del “status”. Hablar en idioma extranjero me hace todavía más importante.
Una de las cosas más cómicas de la discriminación en Estados Unidos me la explicaba mi amigo Chucho González con una analogía. El negro nace negro, crece así, se queda negro luego de un accidente; en el frio, después de tomar sol y cuando muere se queda negro. Los que le llaman “de color”, nacen rosa, crecen blancos, se ponen rojos por el sol, verde de miedo, morado por un accidente, amarillo de enfermedad y gris si estira la pata. ¿Quién es el de colores?
Todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros.
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