Con la cabeza hecha un lío me dispuse a unirme al marullo político que se levantaba como un golpe de estado revolucionario. Me reuní con los integrantes de mi comando militar del 1j4 y se nos entregó una granada fragmentaria de las llamadas piñita y un revólver calibre 38. Las instrucciones fueron que lanzáramos el artefacto a una guagua de los policías cascos blancos. En ese momento no estaban definidas las alianzas militares y además había mucho odio contra policías antimotines que tuvieron su etapa más represiva bajo el comando de Francisco Alberto Caamaño. El hijo de un general trujillista.
Mientras por la ciudad había una mezcla de júbilo y estupefacción, los cascos blancos, en sus guaguas tubulares sin ventanas, pintadas de gris policía, circulaban por la parte baja y terminaban en la Fortaleza Ozama que era su base y también prisión desde tiempos inmemoriales.
Fuimos al acecho de uno de estos vehículos en las esquinas de Padre Billini con Isabel La Católica, a una esquina de la Fortaleza; el corazón me sonaba en los oídos, la adrenalina me ponía la boca amarga, pero los vehículos doblaban muy rápido. Quizás los choferes tenían tanto miedo como yo. Después de un rato levantamos la emboscada y marchamos al cercano Edificio Pozo que estaba poblado de personas que lo ocupaban a la fuerza y lo convirtieron en sus viviendas. Allí teníamos otra tapadera para enseñar el uso de armas, técnicas de bombas caseras y política. Todo muy elemental. Allí me tope con el libro Dialéctica de la Naturaleza, de F. Engels. Creía que estaba escrito en otro idioma. No entendí nada.
Al caer la noche subimos al último piso. En varios puntos se veían incendios de neumáticos. Se escuchaban disparos esporádicos. La capital era muy grande, desde Haina a Boca Chica y por el Norte hacía frontera con Villa Altagracia. Tenía la mayor concentración urbana de los aproximadamente 3.5 millones de habitantes; el 60 por ciento residía en zonas rurales. Las informaciones llegaban envueltas en rumores. No había tantos aparatos de televisión. Aunque abundaban los radios de hogar y portátiles de transistores, a esas horas no pasaban noticiarios. El día 25 fue agitado. Los militares repartían armas. Los jóvenes integrábamos una revuelta que tomaba carácter popular.
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