jueves, 22 de agosto de 2013

“¡Soy gay!¨


Cuando se pronuncia el conjuro ¡Soy gay! Se abren puertas y ventanas de la liberación.
Es como el descorche del champán. A un ruido sucede la libación.
El que sale de la prisión social entra en los mentideros como espanto, pero en la realidad, todo su entorno sabía de su preferencia sexual.
Tengo la certeza de que nadie quiere ser gay. Debe ser doloroso vivir en una sociedad que los persigue, los discrimina, los acosa. Son culpables de un crimen que sólo los afecta a ellos. Tienen una inclinación de la que aún se ignora su causa real.
Gay es una denominación que ya no luce discriminadora, el vocablo inglés de alegre sonido cubre ahora a hombres y mujeres atrapados en el terreno ignoto de la sexualidad.
Desde tiempos inmemoriales se sabe que existen. Han sido calificados desde inmorales a  pervertidos. Yo mismo, tan machista como ente humano, he sido juez. En los últimos tiempos he tenido experiencias, investigaciones y preocupaciones que me hacen revertir opiniones de décadas.
Niños y niñas, hombres y mujeres atrapados en una identidad ajena han sufrido y sufren el escarnio. La persecución. El acoso. Es indescifrable el sufrimiento de ser quien no quieres ser y no poder hacer nada para cambiarlo. Más aún, vivir la imposibilidad de ser aceptado por una condición que no eligieron.
Padres, hermanos, amigos, sufren el trago amargo de tener el pariente que no quieren. Hay un rechazo condicionado  pero antiguo.  No son enfermos, pero son tratados como leprosos sociales. Los calificativos más peyorativos  los acompañan. No hay un censo que los cuantifique, no obstante, su peso específico se hace notar en el mundo.
Los gays declarados se han refugiado en el mundo de la moda y el arte. Otros, los clandestinos, buscan profesiones donde se puedan ocultar como las  religiones, la milicia, el deporte, la política, la medicina, el periodismo. Están en todas partes. Tratan de ocultarse, mimetizarse, camuflar  una vida a la que tienen derecho. La sociedad actual reclama la transparencia. Entender las preferencias es respeto. Desechar el prejuicio nos lleva a una mejor sociedad. El que es que sea. Hay que estimular el grito de guerra moderno, y que se abran miles de armarios donde están obligadas a esconderse las preferencias. Así habrá menos equívocos. 

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