jueves, 22 de agosto de 2013

24 abril, 1965 (2)


Después de enterarme de la acción del chofer que se armó por sí mismo a costa de un policía abatido en las proximidades del Monte de Piedad en la calle Mercedes, decidí ponerme en contacto con mis compañeros revolucionarios. La Guerra de Abril había comenzado y nos llegaba como noticia de otro golpe de estado. Ya sabía que militares expulsados de las Fuerzas Armadas conspiraban. El compañero Oscar Santana era enlace entre el 1j4 y estos grupos. En una reunión celebrada en el liceo Juan Pablo Duarte, que sostuvimos en un mes de 1964, tuvimos las primeras informaciones sobre estos encuentros. Los acontecimientos rompieron los calendarios y los relojes. De repente estábamos en un nuevo proceso.
La gente de La Zona no se alarmó tanto por los acontecimientos. Desde 1961 los líos callejeros eran frecuentes. La aorta comercial era la calle El Conde y no sólo era punto de encuentro de los revolucionarios, organizados y silvestres, sino de las marejadas del disgusto. Desde allí se dispersaba por toda la ciudad los choques entre policías o soldados con los jóvenes contestatarios. El anuncio de guardias revoloteados se tomaba como otras burbujas más del caldo político. Ya hubo dos o tres asonadas antes de derrocar a Bosch. También habíamos visto los barcos americanos exhibirse como vigilantes; aviones dominicanos ametrallar en la base naval de Sans Souci, o sobrevolar la Fortaleza Ozama, y además la explosión del polvorín en la zona oriental. En fin que la gente vivía en vilo, pero otro golpe de estado era algo para ver de qué iba. En ese contexto me encontraba.
En las primeras horas de la tarde de ese sábado me encontraba en la sastrería Gonell.Era una tapadera. Una cueva clandestina dentro de un negocio normal. El señor Gonell, con su jovial apariencia de recio español, risueño y entrecano, nos dejaba hacer lo nuestro. En la realidad su negocio funcionaba. Yo le manejaba una cooperativa que por unos pesos semanales los clientes podían obtener un traje a la medida o ganárselo con un primer premio de la Lotería Nacional. Me pagaba un pequeño salario pero me dejaba esconder materiales y propaganda política allí. Teníamos un intercambio de apoyo. El no podía conspirar, pero nos apoyaba. (Continuará).

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