viernes, 23 de agosto de 2013

Terminal (2)


El experto en espionaje electrónico Edward Snowden  tiene un aeropuerto en Moscú como  guarida para enfriarse,  ante la persecución desatada en su contra por el gobierno norteamericano. Sus vicisitudes no han hecho sino comenzar. La cacería podría demorar. Es algo de alto nivel. No es juego de niños.
Son muchas las cosas involucradas. Las potencias quieren exprimirle el cerebro y saber de buena boca qué hacía Estados Unidos con el programa de intervención a los ciudadanos, pero ninguna desea retenerlo más allá del tiempo prudente. Tampoco es cosa de chocar con un tema sensible a USA. Si se pone por delante la máxima de que el enemigo de Norteamérica podría ser mi aliado se entendería el teatro que montan China y Rusia. Con guantes de seda está Snowden atrapado en un puño.
Los chinos lo retuvieron todo el tiempo que pudieron,  y seguramente que el interrogatorio de estilo, por expertos de todo tipo, sacaron importantes informaciones sobre el proceder de la CIA y la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos sobre el control de la vida cotidiana de sus ciudadanos. Lo mismo debe estar haciendo Rusia. Todos los estados espían hacia adentro. La labor de inteligencia es de 24-365 (366 en años bisiestos) y con mayor interés en las grandes potencias. Es hasta posible que los dos estados que fueron parte de la internacional comunista, hayan solicitado a Snowden un programita similar.
(Mientras, Ecuador reclama a Norteamérica reciprocidad en el tema de extradición).
Es muy delicado el presente caso. Los de Julián Assange y Snowden son distintos. El primero filtró información sobre prácticas de  cosas pasadas que todos los estados hacen, y no trabaja para una agencia oficial de Estados Unidos. El otro violó leyes federales. Es el espía que me amó. Hasta Baltazar Garzón le sacó  los pies.
Hay la información de que Snowden vive en zona de tránsito del aeropuerto y que no puede viajar. Su pasaporte fue cancelado. Este escándalo tiene guión de película, donde el suspenso carga ribetes de comedia con una persecución internacional que retiene a los espectadores en sus asientos. El filme Terminal fue caso real. Steven Spielberg debe estar llamando a Tom Hanks y Zoé Saldaña. 

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