jueves, 22 de agosto de 2013

1965


La derrota del ejército regular en la Batalla del Puente Duarte no sólo afirmó la victoria de la Revolución Constitucionalista sino que marcó el viraje del conflicto. El plan alternativo, que ya había sido puesto en marcha por los norteamericanos, entró en acción. En la madrugada del miércoles 28, el presidente Lyndon Johnson ordena que un “pequeño grupo” de marines desembarque en suelo dominicano para proteger vidas y propiedades norteamericanas y su embajada en Santo Domingo.
El embajador americano Tapley Bennett había enviado un cable al Departamento de Estado diciendo que los generales estaban llorosos pidiendo histéricamente la intervención  norteamericana. Con el aliento de la Embajada se integró una junta militar encabezada por el general Benoit, quien  solicitó la invasión de los marines, que entraron por Haina y la base militar  de San Isidro.
Entretanto, los miembros del Buró Militar del 1j4  habíamos sostenido una reunión en una casa próxima al Palacio de Justicia de Ciudad Nueva y en ella se acordó organizar la población en comandos, que estarían en los tejados de las casas de Ciudad Nueva. Me tocó estar en la Estrelleta con José Gabriel García con varios civiles y dos marinos que portaban fusiles Máuser cortos. De día estábamos en los comandos móviles asaltando puntos del enemigo. Allí estuvimos con Chuta Leal Prandy, Ulises Cerón, Billo Gómez Suardí, Wellington Peterson, Montandón, el Alférez, entre otros. Hubo un jovencito que me entregaron para que lo entrenara y que nunca olvido: Flavio Suero. Con él tendría luego otra historia.
La Zona Constitucionalista estaba a oscuras de noche. Rompimos  las bombillas del alumbrado para ocultar la ciudad. En el primer día de vigilancia nocturna conocí a un personaje llamado Tex,  corpulento y bajetón moreno que decía ser macorisano del mar, criado en las islas del Caribe inglés. Su idioma tenía acento dominicano.
A Texas, como decía llamarse, lo ubicaron en la azotea de la calle Cambronal. Había mucho nerviosismo porque éramos muchos y desconocidos entre nosotros. La consigna para transitar era “plátano verde”. Esa madrugada escuchamos unos disparos procedentes del espacio que vigilaba Tex. Al hacer una revisión vimos un gato muerto a balazos. El autor dijo: “Yo preguntar ¿quién viviendo allí? Y no decir  nada. Disparé; él no diciendo ni siquiera ¡miau!”. 

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