Algo anda desarticulado en el Estado. Lo que es propiedad pública no es de nadie. Carece de protección o vigilancia. Es como si fuera aposta que ocurran estas vergonzosas operaciones.
Cuando se hacen negociaciones con el Estado a la corta o la larga brota el absceso. A menudo ni se requiere de una intervención médica para que salga el pus del engaño.
Si el Estado negocia plantas eléctricas o servicios de suministro, la sal cuesta más que el chivo. Si facilita la comunicación construyendo una carretera, los millones de más en el presupuesto van subiendo hasta que el Estado tiene que frenar la obra y es otra administración la que reemprende la operación. En algunas ocasiones se suspenden los contratos de forma tan abrupta que hoy se pagan daños y perjuicios deliberados. Se atropella a los inocentes contratados para justificar el abono de más dinero.
Estas operaciones conflictivas abarcan la confección de licencias de conducir o un documento de identidad. Los negociadores parecen representar a los ofertantes y no al Estado.
Recientemente se supo del necesario pago por no uso de una carretera. El peaje era insuficiente y por miles de pesos hay que compensar anualmente a los que “invirtieron en la construcción de la carretera”. Se puede creer que cuando se diseñó la vía no hubo cálculo del flujo de vehículos, pero sí se añadió la penalidad si el peaje era bajo. Es igual a contratar una planta eléctrica por lo que pueda generar y no por lo que coloca en las redes.
El último cuplé es Bahía de las Águilas. Un tribunal correctamente evacúa una sentencia bomberil. Declara extinguida la acción penal contra los implicados en un supuesto engaño en la venta de terrenos. Es casi seguro que los jueces aleguen que abulia de los abogados del Estado o la pereza del Ministerio Público los haya maniatados y sin argumentos para restituir el patrimonio popular. No es de dudar el olvido de alguien de darle seguimiento al caso.
Ahora nos quejamos. Tongo le dio a Borondongo. Ignoramos por qué Bernabé le pegó a Buchilanga. Mientras tanto, sigamos la candelita a la otra esquinita. Esperemos el próximo escándalo sentados en las gradas de sol, que es el lugar que nos corresponde.
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