Cualquiera muere de un cortocircuito. Las redes eléctricas nacionales están cargadas de presagios, promesas y expectativas. Los alambres de las especulaciones están tendidos por todos lados. Todos los postes están atiborrados con los transformadores de palabras. Los cutao alzan y bajan intereses. La hipocresía tiene tan alto el voltaje que no se puede medir con la bandería política. Mirar desde fuera es ver la pirotecnia de magos de neón.
Los diablos cojuelos pintados de amarillo precaución bailan el sonsonete que tocan los guyolas en un radio con pilas de excremento. Este es un momento de rayos y truenos en cámara lenta con sonido dolby digital en blanco y negro.
Ciertamente que vivimos un ser y no ser en la tirada ecléctica donde el agua tibia se levanta con el sol y se enfría con la paciencia. La solución eléctrica está más lejos que una decisión de jure que nos dé el kilovatio prometido.
Tiempo. Break. Time out. Deuce. Tablas. Cualquier expresión viene a cuentas para desempatar este choque positivo y negativo donde cada jugador tiene un as oculto por el apagón.
Este galimatías no lo resuelve ni la Chimiltrufa de Colombo que se apaga con gas licuado de esperanza.
Sin embargo, la solución está tan fácil. Todo es volver al principio del Cuento de Adán. Basta investigar quien realmente se comió la manzana y no lanzar acusaciones en todas las direcciones porque la culebra no habla inglés.
La repartición fue abundosa y la fórmula de privatización compartida fue una promesa que vino en caja de Chicle Pollito con la etiqueta “External Affairs Exchange and Others”.
La crisis de la industria eléctrica ya es un laberinto con luces de Santelmo con más bocas que una ametralladora checa; con más bolsillos que pantalones. En las carteras los cheques se miden en galones de engaños. Estamos como empezamos. O peor. ¡Qué venga otro camión de dólares para lanzarlo al horno del subsidio!
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