Tejían arabescos en el aire de los tribunales de Ciudad Nueva un hatajo de juristas que encandilaban mi imaginación. A veces me sentía abogado, fiscal o bien un juez con íntima convicción. Los veía enfrentarse como espadachines de la palabra. Eran los tiempos de la Era, pero reclaman justo lugar para los hechos y el derecho. Esos doctores de toga y birrete me dejaron en la base del cerebro que la cárcel no es una venganza social sino un ámbito para la reorientación del que incide.
Esa tierna información y el conocimiento de los mecanismos represivos no impidieron que poco después me lanzara con otros jóvenes a combatir todo el sistema político, fuertemente armado de un par de piedras. Arremetí contra la pared social que impedía manifestar mi descontento.
La juventud no entiende razones, y ejercer la violencia puede ser un divertimento. Hay poco valor por la vida. La cárcel no acalló mi voz ni las ideas. Continué la búsqueda de la democracia sin saber muy bien lo que era. Tenía un tema, era lo importante. Ahora el descontento social se expresa con drogas y homicidios. Pero sigue ahí la pared social. La prisión no frenará a los descarrilados. En vez de ejercer la venganza social debemos prevenir. Hay que actuar antes.
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