jueves, 22 de agosto de 2013

Muerte asistida


Con frecuencia escuchamos la situación de enfermos con padecimientos incurables o  vemos  películas que tratan el tema del sufrimiento de éstas  personas cuyos familiares y ellos mismos piden que se ponga fin a su situación. En algunos casos se reclama que se les desconecte de aparatos mecánicos que los mantienen vivos. Hay un cerrado debate en torno a la eutanasia, que es la provocación de la muerte de un paciente incurable para evitarle la prolongación de esa agonía. Esta es una decisión que controlan los estados. Nadie es dueño de la vida de nadie. Ni uno mismo. El Estado podría no tener que pagar los gastos del internado pero es dueño del sufrimiento del ciudadano.
Las enfermedades incurables, son un castigo. Es una condena. Y a veces lo es tanto para el enfermo como para los familiares. Una persona que carece de recursos económicos sufre porque no puede costearse el tratamiento ni la permanencia en un centro de salud, para hacerlo requiere del apoyo de amigos y  familiares, o la caridad pública.
Si estos amigos o familiares son también pobres se les asigna cargar una cruz sin itinerario. Si por el contrario tiene dinero, entonces es una fuente de ingreso para las clínicas y también de agonía para el paciente y los familiares. Vivimos con eso y se posterga la solución.

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