En estos días se conmemoró otro aniversario del asesinato de Amín Abel Hasbún quien fuera destacado dirigente comunista. Tal era su fe y su práctica. Era el turquito un hombre manso y dulce como agua de manantial. Quien desconociera su gran corazón le creería nada más capaz de pronunciar un sermón. Era su apariencia su mejor camuflaje. Delgado de pelo abundante y negro que denotaba su ascendencia árabe, de inteligencia excepcional con gran habilidad para las matemáticas. Su miopía la combatía con unos lentes negros de pasta que acentuaban más su aparente indefensión. A eso unía un gran amor por su país y la gente pobre. También por Mirna Santos, su esposa y compañera de lucha revolucionaria. Por esos amores era capaz, y lo hizo, de inmolarse en la lucha contra la represión del gobierno balaguerista.
A tantos años de su ida lo recuerdo con amor. Le agradezco su apoyo cuando adolescente yo y comprometido con un futuro incierto, Amín me abrió su casa como cobija fraterna. Compartimos muchas noches de discusiones políticas. Estábamos en lados opuestos, pero nos queríamos. Ya en los años posteriores escasamente podía verlo. Cuando no estaba preso lo andaban buscando. Sin embargo, cada vez que podía, iba a mi casa para ver a mi hija mayor, una sobrina que nació en sus brazos. Una niña que se derretía cuando él la tomaba en sus brazos. Ella percibía la gran capacidad de amar de Amín.
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