El terrorismo es un arma política en uso desde hace mucho tiempo sin que haya resultado eficiente a los fines. Las acciones que definen esta forma de actuación son ejercidas, casi siempre, por pequeños grupos de ultra. Son radicales, personas obcecadas, imbuidas de fanatismo que para nada respetan la sociedad porque ellos tienen sus propias leyes. La historia recoge una estela de acciones cobardes de los terroristas. Se valen del asecho, la puntada cruel. Usan la brutalidad para atemorizar.
El terrorismo es ilegal moneda de cambio que emplean los encerrados en parroquias de lucro individual. Lo importante para los terroristas es su fin, no importan los medios. El caos y la anarquía son su caldo de cultivo. Pero no solo los encerrados en doctrinas ideológicas aberrantes son terroristas. Las prácticas terroristas han sido acogidas por diversos sectores sociales.
La extorsión, el chantaje, el terror, la agresión basada en la impunidad tienen variantes que nos asaltan cada día. La violencia es la manifestación más aguda, pero hay muchas otras formas. En nuestra sociedad el terrorismo se viste de múltiples formas. Encubren o se encubren con las ropas de la política para lograr impunidad. Sus fines arteros son tolerados bajo una sombrilla de costo político que nadie entiende pero que ve proliferar sus desmanes y negativos efectos. Aquí han tomado el poder.
Cada parcela en el poder deja de actuar para no fomentar adversarios. En esa penumbra, conviviendo entre gobierno y oposición vive una enriquecida camada de terroristas. El desorden seguirá imperando. Las consecuencias las estamos viendo.
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