jueves, 22 de agosto de 2013

¡Ha muerto el Rey!


De boca en boca corrió por los aires. Era un titular esperado. Una muerte vaticinada.  Sin embargo, la muerte del presidente Hugo Rafael Chávez Frías impactó a sus admiradores y adversarios como un trueno en noche sin lluvia. Fue un obús, un vozarrón en el oído.
La tragedia se presentó con su traje de duelo. Un crespón negro estampa ahora la figura sonriente del político venezolano que durante dos décadas revolvió la política mundial con sus ideas, iniciativas y desenfado. Chávez escribió la nueva historia. Militar izquierdista, político directo que caló con su discurso y conquistó la mente de su pueblo. Llegó al poder para ser redentor. Así se lo planteaba. Fue un muro de contensión entre la injusta distribución de la riqueza y la opulencia.
Chávez reemplazó al corrupto y decadente sistema de partidos de Venezuela y alentó en otros países las mentes calenturientas de que podría calcarse su ejemplo o el Cuco del riesgo posible a las actuaciones de los malos políticos. Con el anuncio de su deceso se abre un abanico de especulaciones y conjeturas. La ambición, que nunca descansa, presentará su hipócrita condolencia y repartirá por doquier la frase venenosa de qué “este es tu momento” para fomentar la división.
La enfermedad del estadista acoge la idea de una actuación de la CIA. Esta dolencia lo llevó a su discurso de despedida en diciembre antes de partir a Cuba. Fue tan grave su situación que no le permitió retornar a Caracas para el juramento presidencial. No pudo completar su última jugada para dejar a Maduro en el poder. Venezuela está de luto. Otra senda se abre. Podrían quedar sus adeptos con el poder pero habría que ver si continúa el chavismo.

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