Estamos en el tiempo de los relevos. En muchos niveles de la administración pública se producen cambios gerenciales o de direcciones. Son menos traumáticos porque se ejercen entre compañeros del mismo partido pero a nadie gusta que lo reemplacen, mas cuanto creen haber realizado un buen papel en lo dispuesto en sus cargos. No obstante, los compromisos de la victoria obligan y la vida sigue su ritual. Los relevos se producen. No hay vuelta de página.
Pero hay un paso que podría tornar más suave el relevo. Se podría designar como asesor por un año al ejecutivo saliente. Dos cometidos se llenan por esta vía.
El flamante tendría rieles para avanzar sus primeros pasos, luces en el despacho evitando tropezones. Mientras, el saliente obtiene un cupón de suministro para capear el desempleo. No quiero inventar una canonjía. Creo entender que el retorno a la vida privada de un ejecutivo honrado tendría menos escozor si lo contratan como asesor. En algunas entidades se retienen los pasados ejecutivos como parte de un consejo.
La experiencia vale oro. Los conocimientos productivos pueden mantenerse encauzados. El cambio democrático tiene eso de malo: se puede desconectar el proceso.
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