Miento si afirmo que de niño aprendí que los errores se pagan con sangre o dinero. Se nubla mi memoria, que no es mucha, escarbando en el origen de esa sentencia para aplicarla a la Barrick Gold. Los alegatos se quedan en el aire. Hay que pagar y la multa es severa. Se monta sobre el volumen de los valores puestos en juego. Para los fines, esta penalidad en dinero no es nada, o casi para una empresa como ésta. El peso mayor viene del descrédito. La minera transnacional se ha dejado atrapar entre las patas de los caballos nerviosos. Sin querer o queriendo, pulseó para enseñar el refajo y lo logró.
En términos populares se diría que la Barrick coqueteó con el peligro y mostró lo que no debía. Me recordó a las chicas del Moulin Rouge que se entusiasman tanto con el frenesí del poder que en su can cán se voltean y enseñan las chapas. Una empresa que está teniendo problemas de liquidez para sus socios, que se empeña en nivelar su flujo de caja esquilmando la oveja dominicana, debe guardar las formas.
Ser un poco más recatada. Ojalá que el error haya sido uno y nada más.
Entiendo que esta empresa debe estar enterada de que la mala imagen la persigue. Este sambenito, la precede. Se ha gastado un billete largo en borrar sus pasos pasados, pero, como dice la gleba,” por más que se vista de sedaÖ” O una variante, “el que no la hace a la entrada la hace a la salida”. La sociedad con la Barrick tiene una mancha de origen, que no es indeleble ya. Debe volver sobre sus pasos.
Las actuaciones deben ir más acorde con los tiempos. Es momento de recoger los platos rotos. Este desliz aduanero fortalece la imagen del gobierno doblemente. Ignoro cómo se verá este “error” en los papeles de exportación. La Barrick fomenta el circo. O alimenta a las fieras que viven allí.
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