Un amigo a quien hace tiempo que no veo, pero que era de la estima del doctor Joaquín Balaguer, me contó que el anciano líder le preguntó sobre cosas que ahora nos ocurre a nosotros. En aquellos tiempos que retomaba su segunda jornada de gobierno el caudillo reformista le inquirió sobre qué era un yacusi y qué era una yipeta. Sobre todo de lo último porque todos los que se le acercaban querían una exoneración del novedoso vehículo. Tómense en consideración que además de ser un hombre de vida austera él era ciego.
Hay muchos ancianos de mi generación que hablan de computadoras, “rauters”, Internet, teléfonos inteligentes, y no sabemos ni qué significan ni cómo usarlos aunque los tengan o hablen de sus aparatos “tri-di full hachede jay definicion”; para nada gustan de los megapíxeles que reemplazan los químicos de la vieja fotografía pero tienen su maquinita digital; arrugan la cara cuando escuchan que hay que empoderarse de las cosas que ya fueron iniciadas por el movimiento emprendurista. Son tiempos nuevos que van acuñando voces y cosas nuevas que sirven para mil cosas que aceleran aun más la ajetreada vida que ya se llevó a la siesta de encuentro y no dejó madurar el bíper; que dio su jubilación a la brocha de afeitar, que tiene en capilla ardiente al cartero barrial, y elabora un museo para mercancías que hace unas décadas eran imprescindibles. Ya comprendo qué es ser reaccionario.
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