jueves, 22 de agosto de 2013

Policías y bandidos


Si viviéramos en el salvaje oeste americano pediríamos las cabezas vivos o muertos de los delincuentes. Si en nuestra cultura tuviéramos aquello de “Se Busca” con recompensa marcada, habría en el país los profesionales de búsqueda y captura. Sin embargo, es otro nuestro escenario cotidiano. Tenemos que usar la estructura con que contamos. Esto no quiere decir que obligatoriamente hay que dejarla como está. Si nos fijamos en un detalle común a los últimos delitos nos percatamos de que los principales acusados tienen un palmarés negativo. Han estado en homicidios o heridas de bala a terceros. ¿Cómo es posible que presuntos delincuentes acusados de hechos de sangre estén en las calles? Esa es la pregunta: ¿qué está pasando? ¿Dónde está la falla? ¿Cómo se las ingenian para seguir operando los profesionales del delito? Serán los códigos, los jueces venales o incompetentes, la policía sin calificación para recoger las pruebas. Las causas podrían ser muchas. El resultado solo uno.
La sociedad está sensibilizada sobre el tema. No es que el crimen haya desbordado pero hay que evitar que ocurra. Bajar el fuego es mejor a destapar la olla. Pasos elementales están a mano. A todo el que ingrese en el centro carcelario deben registrarle las dactilares para comprobar si es el nombre verdadero; dotar de computadoras a todos los cuarteles para que accedan a los archivos  centrales para  los mismos fines. La base de datos de la Junta Central Electoral debía estar al servicio de las autoridades de Migración y la Policía.
También afinar la labor de inteligencia en los barrios; depurar los efectivos y fiscalizar las operaciones. La tarea es grande pero si la posponen  cada día será más difícil. 

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