Si algo bueno tiene la pretendida reforma es que pone a la clase media en su sitio. Es una revisión impositiva hecha a la medida para desgraciarla. Cada tramo es tortuoso para la carne del emparedado. Búsquese cualesquiera de los elementos a cargar de tributos, y son los favoritos de pequeña burguesía que es, en definitiva, la más vulgar de las clases, la de menor importancia, la cualquiera del renglón social.
La clase media no protesta, no reclama, se le va el tiempo en regodearse de su ficticia posición porque ni es chicha ni limonada, pero se cree la gran cosa, cada representante vivencial de este segmento se cree por encima del ombligo. De ahí viene el castigo. El sector de clase alta lo empuja hacia abajo y el de abajo no lo quiere cerca, de él se mofa.
Los políticos saben que no pueden reñir con los poderes fácticos y le harán una reforma a su imagen y semejanza para que esa clase media intelectualoide (de la que con mucho gusto forma parte) pague todos los trapos. Ya ni podrá comprar por la red, no importa que se altere el impuesto tratado de comercio. Los dirigentes políticos han desertado de su posición clasista. La embriaguez del poder afecta a los clasemedieros y como siempre ocurre a los adictos, olvidan la resaca. Los técnicos de clase media han rediseñado un plan que castiga las mismas zonas. Se está haciendo lo que siempre se hizo.
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