En uno de los viajes a Roma y caminando por el Vaticano me tropecé con uno de los papas más queridos por la grey católica. El beato Angelo Roncalli yacía momificado en una urna de cristal. El rostro era distinto al regordete Juan XXIII que impactó a un mundo que le bautizó como “el papa bueno”, pero era ése a quien descubrí años atrás como humilde cura de una iglesia de Venecia. En realidad falleció en junio de 1963, pero marcó el papado. Su ejercicio lo colocó en un sitial de honor.
Pensé en el papa bueno al señalarse mañana como el inicio de la búsquea del sustituto de Ratzinger, otro hombre que será recordado por lo injusto que fue su tiempo con él. La corrupción se coló por debajo de las puertas vaticanas.
Mientras en Roma, los católicos en la basílica de San Pedro aguardan, en Caracas el pueblo marcha en procesión ante el cadáver momificado de Hugo Rafael Chávez Frías. Una peregrinación con calor de fe. Un tributo de quienes lo consideran el presidente bueno. El mandatario, muerto joven en el momento de mayor popularidad, marcó su tiempo político. Hizo una zanja par enterrar el islacionismo americano. Este cristiano socialista se encamina a ser un ícono, un mito popular.
Juan XXIII y Hugo Chávez, dos momias envueltas con el ropaje de su labor terrenal.
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