La pasada semana estuve en la colocación del libro de Tony Rafúl “De Trujillo a Fernández Domínguez y Caamaño”, texto en que el autor presenta la casualidad como categoría filosófica, aplicada a nuestra vida política reciente y vinculada a los tres militares enlazados en sus raíces familiares. Aún no me aboco al disfrute de la pieza. No me dejo seducir por el título ni el cebo dialéctico. Tengo otras lecturas en fila, pero sé que cuando el poeta se asoma a los riscos históricos se agarra contra viento y marea a la documentación que adquiere mediante la investigación. Convencido estoy de un trabajo de ley.
El acta natal de libro me causó muchas alegrías. Lo primero fue que al entrar vi una mar de cabezas canas. Los sobrevivientes de la lucha revolucionaria han envejecido. Encontré rostros que ya no eran los nombres que conocía, primero porque algunos los pensé muertos; otros porque los jóvenes y éstos eran otras personas, y además, en la lucha teníamos sobrenombres y seudónimos que cambiaron nuestras identidades. Se reconoce que no hay nada que se pegue más que un apodo.
También conocí a hijos de algunos compañeros que habían muerto en la persecución balaguerista.
La adultez de la concurrencia me alertó sobre la desvinculación de nuestra matrícula de relevo. El Estado debe ponerle más acento al tema histórico para que nuestros estudiantes sepan de su pasado. El presidente Leonel Fernández hizo avances sobre este tema que era tabú. Debemos ampliar la enseñanza. La Revolución de Abril reclama de su museo. Debemos recoger esta experiencia.
La Ciudad Colonial, nido de la efervescencia política pos Trujillo tiene que ser el asiento de la Abril.
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