Siempre tendremos el recurso de apelar a la frase hecha. Es una forma fácil de salir al paso o la vereda. Todo tiempo pasado fue mejor, es una de cajón. Así comparamos la Semana Santa. El recogimiento, el silencio, la paz. Esto ya es cosa del olvido. Quien no lo vivió no lo extraña. Los tabúes que circulaban en torno el Viernes Santo nos llenaban de miedo. Nos obligaba a un silencio de plantillas de medias, de caminar en la punta de los pies.
Las salidas más socorridas eran a ver los monumentos. Casi una decena de templos en la Ciudad Colonial estaban con las efigies tapadas. Se iba a la iglesia en total contrición. Nos guardábamos las cruces de palma como un tesoro. Íbamos a las ritos celosamente y con el debido respeto. Aunque en la procesión los guardias romanos parecían figuras de carnaval. Nadie pensó nunca en que era mentira, que se convertiría en pez quien en viernes santo se bañara en el mar. Que podría quedar mudo si hablaba mucho o fuerte. Que era pecado comer carne. Ofensa total cocinar ese día.
Era otra cosa la tradición. Mi niñez en esa Ciudad de las Campanas era de un aislamiento doméstico. Nada de jugar pelota de las paredes, corretear sudando los cuerpos con los juegos de “la mangulina”, el topado, las escondidas o trúcamelo. El solarcito de la calle Sánchez con Paseo Presidente Billini o el de La Salle Vieja se quedaban desérticos. Había pocos vehículos y en esos días, muchos menos.
Todo se orientaba al final cuando se repicaba gloria y las campanas tenían otro tañido. Nos agrupábamos para hacerle justicia al traidor Judas. Nos congregábamos en el Malecón a incendiar una imagen gigantesca llena papeles cortados y petardos. La muchachada se retiraba cuando ya sólo quedaba la estructura metálica del adefesio. Algunos más frenéticos la arrastraban por las calles.
Todo esto me vino a la memoria el viernes santo cuando vi una procesión de la parroquia de Arroyo Hondo. Muchos adolescentes de uno y otro sexo, principalmente chicas, iban rezándole al hombre colgado del madero. No eran muchos, pero sí representativos. Estos no se fueron a la jarana. Son los soportes de una fe. Mantienen su apego pese a que la cultura cristiana evoluciona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario