Somos gente con suerte. Luego de quitar la pista de aterrizaje de las moscas en los negocios de expendio de salami, ahora quieren también tronchar la aventura de ir de playa con arena azucarada. No entiendo a nuestras autoridades. Dejan que usemos cosas prohibidas o que atentan contra la salud y cuando nos estamos embriagando con el placer de lo estúpido, sale una voz de alarma que nos deja “tuche y no te muevas”. Ignoro si hay un cruce de cables o que alguien no está atendiendo bien sus cartones. Para no acostumbrarnos a estos estilos de consumo nocivos deben de evitar que ingresen al mercado local mercancías que no cumplen con los reglamentos. Se imaginan lo divertido que era tener un colmadero que con el mismo cuchillo que cortaba la mantequilla o el queso, así, solo con una limpiadita en el marrón mandil de uso eterno, nos cortaba una cuarta de salami y presto lo limpiaba para cortar un trozo de jabón de cuaba y nos envolvía el embutido luego de cobrarle a otros parroquianos con las mismas ágiles manos que despacha ahora una azúcar morena salitrosa que llena dos cometidos: es azúcar buena para pastelería. No hay que comprar sal. Dos condimentos por el precio de uno. O arena que endulza, vaya usted a saber... ¡¡Qué bagatela!!
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