El contacto con los amigos que viven en cualquier punto del planeta y que viven con su corazón en el país, nos anima, corrige, informa, orienta y hasta nos dan temas y enfoques. Lectores de los temas cotidianos que publicamos también son co-escritores. Es una nueva forma de trabajar para nosotros que nos iniciamos con maquinillas de teclados rebeldes. Esto del Internet nos hace casi vender al contado. Más de 30 años después de iniciar esta columna estos contactos me bombardean, me recreo y extiendo mi visión planetaria.
Esta especie de prolegómeno es a propósito de la ley de tránsito. Muchos lectores abordan el tema. Enriquecen con sus aportes. Tres puntos de vista sobresalen: la falta de educación; la ausencia de autoridad; que así somos como ciudadanos. En un cóctel podía decir que la falta de educación con una autoridad ausente nos lleva a ser ciudadanos irresponsables y anárquicos.
Uno hubo que hizo un análisis donde trajo a la colada factores y valores disímiles para sustentar su teoría, y concluía en que todo lo que ocurre es consecuencia de que “el cualquierismo” tomó el poder. Que ya no hay respeto por nada porque los que están en primera fila de todo son “un cualquiera”, sin escalafón ni rango. Su lenguaje políticamente incorrecto afirma que no es la conducta vial sino en todo, en los planteles, es en el deporte, las fiestas. Y hasta el PRD llevó.
Sus reyertas las califica de ser lo más auténtico. Los dominicanos tenemos una visión y ley que prima en todo. La nuestra, la individual. Somos más yo y menos nosotros.
Hago una síntesis de lo que me llega. Cada quien que juzgue. ¿Será verdad que nuestra conducta al conducir nos define como personas?
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