El Procurador General de la República anuncia que el Gobierno tendrá cuatro ejes para establecer la seguridad pública. Yo le agregaría una quinta: el tránsito. Cada día vemos cómo se deteriora más este vital componente de la vida citadina.
Existen varias instituciones que manejan el tema pero parece que se entrecruzan, chocan y se entorpecen. Los conductores del concho y los motoristas tienen su propio código de transitar que tiene en mayúsculas un título que lo dice todo.
El código sólo tiene una página. ”Hago lo que me da la gana” es de redacción anónima pero va teniendo una amplia aceptación. Ya los choferes de autobuses lo están aplicando y una parte de los camioneros se están dejando seducir.
La contraparte de este ritual es la autoridad. Una estructura de mando que a veces pide licencia, seguro, si tienes puesto el cinturón de seguridad o te ha dado por hablar por el móvil. Pero no crea que son muy exigente. Bueno, a veces. Donde son complacientes es con los choferes de vehículos públicos. Quizá porque sus jefes creen en el costo político de aplicar la ley.
Se manifiesta una especie de complicidad. Tolerancia extrema o ceguera. La resultante es que por esta ausencia brotan como hongos los violadores.
Las rutas controladas por mafias, destartalados carros sin luces ni vidrios con nada de legalidad son sujetos y vehículos que viven con sus propias leyes. Estos adefesios cargan en su interior las vidas de muchos ciudadanos que salen a cumplir con su deber social.
Estos terroristas del volante son padres de familia; con ellos la ley de tránsito es distinta. Son en verdad los dueños del país.
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