Las consecuencias no llegan a mi mente. Podrían ser desde una declaración de guerra hasta la expulsión de Norteamérica por persona non grata. Y todo por unas inocentes opiniones del embajador dominicano en Washington: “No hay transparencia en las quiebras de instituciones financieras de Estados Unidos”, dijo el diplomático dominicano, quien se lamentó que se haya incrementado la masa de dinero inorgánico para favorecer a sectores poderosos.
También manifestó el diplomático la supuesta baja calidad de la educación de este país que “invierte ingentes recursos financieros en la fabricación de armamentos y bombas que al explotar es como gastar dinero en cigarrillos, sólo cenizas quedan”.
En la posible entrevista dijo que admira a esta nación que con un poco de voluntad podría frenar el ritmo de su deuda que se incrementa cada segundo. Explicó que sus comentarios buscan una salida airosa a la actual incertidumbre. Advirtió que con abruptas subidas de impuestos y recortes de gastos se crearía un “precipicio fiscal”, que pondrían en peligro la supremacía económica estadounidense. Si Aníbal de Castro dijera cosas como esas las críticas correrían a raudales por las cañerías cibernéticas. La prensa norteamericana reseñaría sus opiniones solamente para pedir su cabeza, pero jamás serían producto de una entrevista.
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