miércoles, 18 de septiembre de 2013

Historia de Ico

Alfredo Freites
afreites.listin@gmail.com
La intolerancia política que predominaba en los 60 y 70  iba acompañada de una intensa represión a los contrarios  del régimen de Joaquín Balaguer. Los más aguerridos opositores eran los jóvenes. También aportaban el mayor número de víctimas.
Los cadáveres eran recogidos día tras día en las calles. Las manifestaciones eran dispersadas brutalmente. Pero no había suficiente  agua para apagar ese fuego.
Era una lucha de libertad o muerte. Se reclamaba la democracia a todo viento.
Las cárceles se llenaban. Secuestraban a los dirigentes, también los asesinaban en los presidios. La tortura física y mental era lo normal.Las prisiones eran tugurios infectos sin facilidades sanitarias. Se usaban latas para todo. En el Palacio de la Policía la población carcelaria se arremolinaba en el suelo de cemento crudo. Sólo se podía estar sentado en el barro del piso. Era una celda colectiva donde el vaho del hacinamiento impedía dormir. Tenía un agujero por inodoro donde se hacían las necesidades. Esos apremios del cuerpo se evacuaban a ojos de todos. Al salir de allí la ropa había que botarla. La mugre era una calcomanía imborrable.
Y tenían suerte los que iban a compartir esa población supernumeraria. Las solitarias eran peores.
En el penal del poblado de La Victoria los inodoros estaban colmados y los gusanos nadaban sobre mal olor. Nada hay que hablar de las comidas ni el trato de los carceleros. Al retornar del patio nos recontaban a garrotazos. Estos procedimientos eran para quebrar la intrepidez de una juventud valerosa que no cejó, que no claudicó ante el régimen no obstante los muertos que surcaban la marcha libertaria.
Esa represión afectaba también a los padres, novias y esposas de los revolucionarios.
En una de las veces que estuve preso en el penal de La Victoria, una tarde de domingo me llevaron a mi hija. Tenía seis meses y casi no la conocía. Ella al verme sonrió y me tiró los brazos. Una nube de agua se posó en mis ojos y se dispersó por mis mejillas.
Siendo periodista, una mañana del jueves 14 de noviembre de 1975, retraté a un joven revolucionario que asomó por la ventana de una guagua carcelaria. Una mujer alzaba hacia él una criatura.
Ese niño era Ico Abreu y así conoció a su padre. 

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