martes, 17 de septiembre de 2013

Diplomacia es impunidad

Alfredo Freites
El cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez dice que la Iglesia Católica Apostólica Romana vive momentos tristes. Tiene razón. La iglesia no son los templos, ni los sacerdotes ni su legislación, sino los fieles. Los católicos están tristes porque el escándalo se destapó en sus narices y al mayor nivel. El enviado papal, Józef Wesolowski, abrió un grifo fétido. El abuso sexual de menores por parte de sacerdotes alcanza, con este diplomático, niveles impensados.
Además, el recurso de la justicia aparenta estar en un limbo. Ciudadanos interesados en el tema se preguntan si ser diplomático es tener impunidad. Me es imposible trasladar los nombres de los tantos que se quejan, lanzan denuestos, improperios, se lamentan o expresan su escepticismo. Los que me escriben por la columna de ayer, hasta me acusan de complicidad con el tema. A todos los entiendo. Ignoro en qué culminará esto.
Todo aparenta que la traba mayor para aplicar el derecho dominicano es  el Concordato. Además, la condición de diplomático es otro obstáculo para el procesamiento de Wesolowski.  
Los más enterados alegan que las autoridades dominicanas y eclesiásticas sabían del proceder antinatural del Nuncio. Sus aventuras con menores eran escándalos que habían desbordado el secreto diplomático y se habían convertido en un dolor de cabeza. De por medio estaba la condición política del enviado papal. Se inició una polvareda sobre este caso cuando el Nuncio se había marchado. La espuma se levantó con la destitución que le hizo el Papa. El apresamiento en flagrancia pudo hacerse hecho porque Wesolowski no tenía ningún recato, según se ha dicho. Mas, era un peso pesado. Todos sabemos que la justicia es como la tela de araña: atrapa a los insectos pequeños pero los grandes la rompen. 
Aunque se diga que el Sumo Pontífice está interesado en que se haga justicia, los pasos legales son tortuosos. Le tienen que quitar la inmunidad diplomática, ceder a una extradición, expulsarlo de la Iglesia para ser procesado y esto último equivale a juzgarlo de antemano.
Por eso lo llevan a Roma. El juicio allá invalida el que se pudiera celebrar en el país, porque nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Cierran  con  pestillo clerical las puertas del circo mediático. 

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