Que nadie me diga que la parca visitó a Sonia.
Prefiero creer que duerme ahora en el surco de los elepés de la canción comprometida y que andará buscando caminos que lleven al mar diciendo para sí que Junio es primavera y que siempre habrá siete días con el pueblo.
Sonia es una Margarita Silvestre, con ojos de clorofila de dientitos separados y sonrisa de niña; ella sigue ahí, fija en su compromiso con un arte vinculado a las raíces. Ella, potente voz que también hacía requiebros melódicos a la canción amorosa, no tuvo reparos en aportarla para reclamar la libertad cuando la democracia era apuñalada por las manos de los sanguinarios.
De provincias vino y se apoderó de un gran espacio que cubrió con su responsabilidad social. Es tan buena cantante como tierna en el compartir las causas populares. Se movía acorde con esos vientos. Estaba en su espacio ideal cuando el diapasón de sus brazos apoyaba lo justo.
Ella fue una mujer cuando muchos hombres sintieron encogérseles las órbitas entre las piernas. Es lo que más admiro de ella. El valor personal y la entrega. Fiel al compromiso de su tiempo.
Su calidad vocal es de público asentimiento y no viene al caso. Sin embargo es bueno verla antes y ahora. Se puede ir saltando entre décadas, subiendo y bajando el tobogán de la popularidad y ella se mantiene, está ahí. Su imagen está impertérrita; de su polifonía vivencial salen bordadas páginas de gloria que aunque no públicas está en el corazón del pueblo.
Encaró muchas misiones y cumplió con discreción. Sacrificó un mundo de fama internacional para quedarse vinculada a la lucha democrática. No era tema de periódicos ni de la farándula lo que hacía su vida privada.
En los años setenta, cuando fui el fotógrafo de su boda con Yaqui Núñez del Risco, pensé que la carrera se estancaría en la pose de esposa o que su compromiso social anclaría en el puerto del adiós. Pero no fue así y por eso arrastra el tejido de revolucionaria como una estola histórica.
No quiero que me digan que Sonia está reunida con Luis Díaz poniendo música a letras de Alfonsina o que tiene un encuentro final con Gabriel García Márquez y el salsero Cheo Feliciano.
Nadie me diga nada. Ahora mismo la escucho cantando.
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