La Semana Santa se ha convertido en unas vacaciones primaverales. Está en el olvido los días de recogimiento. Ya nadie habla de sus planes de meditación, de sanación espiritual, la pregunta que te hacen es: ¿para dónde vas a pasarla?
La conmemoración de la muerte de Jesús era para los niños de mi tiempo un espacio de silencio. Había el premio del cese de la escuela que se pagaba con la asistencia a los templos.
Era toda una semana de espiritualidad; claro que los muchachos no guardaban con tanto celo las directrices, pero se hacían juegos con moderación que se iban acallando en la medida en que llegaba jueves y viernes Santo. Los adultos carecían de la vocación manifiesta del libertinaje, no era el convite pantagruélico de estos días. Esta semana parece más bien una celebración de la Roma antigua que nos muestra el cine.
Nos guste o no hay que convenir que son días de exceso en los que se ora porque los muertos no sean tantos. Se incurre en todo tipo de licencia. El alcohol se liba con fruición como si quitara la sed. Es otro mundo, otro tiempo.
La causa no la tengo. Quizá padres menos espirituales o con menos dedicación para orientar a la prole, es posible que concurra el rompimiento de las tradiciones o del crecimiento de otras confesiones no católicas con otros ritos para estas fechas.
En mis tiempos de niño de la Ciudad Colonial, la ciudad de las campanas, era mandatorio la asistencia al Domingo de Ramos, actividad procesional con la que se iniciaba la celebración de los misterios de la salvación y conservar la cruz de palma y luego ver los Monumentos y dar cuenta. Asistir a las procesiones y participar en el Santo Entierro con pasos lentos, en silencio y cabizbajos. Ya ni el Sermón de las Siete Palabras tiene ese impacto. El viernes Santo de mi niñez era una ciudad recogida, silenciosa, llena de fe y piedad, que explotaba el Sábado de Gloria con la quema del Judas en el solar donde ahora está el edificio Miramar o en el Malecón.
Ese muñeco confeccionado con tela y papel era quemado y cuando ya era sólo una estructura de alambre era arrastrado por las calles como una venganza por la traición a Cristo.
Ya no hay recogimiento. La Semana Santa pasa bebiendo, bailando y comiendo carne.
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