Los que viven trazando las fronteras de los países, los cartógrafos, tienen para este año nuevas tareas. No tan sólo por la adjudicación que hizo Rusia de Sebastopol y Crimea, en vela está el tema de Escocia, un pulso late suave en Las Malvinas, un puerto de mar sale en Suramérica, Puerto Rico balbucea anexión y hay réplicas de temblores en España.
Claro que antes de que la mente se explaye en especulaciones hay que subrayar que hay humo debajo de toda la palabrería. Lo que está en la mira es el dinero, esto es lo que está en juego. El rejuego de límites no es sólo cambio de líneas y de color en los mapas, el asunto es qué corre por debajo de esos territorios o por encima de ellos.
Los países que negocian con Rusia, Europa y los Estados Unidos, hacen un bulto para los fines de prensa. Nada de lo que se prevé pasará de una simulación. Se hace un bulto para que nosotros, los tontos que creemos en las palabras dichas con fuerte entonación, pensemos que pondrán a Vladimir Putin en su sitio.
Pero que va, nadie hará nada que ponga en peligro el abastecimiento de gas ruso.
Los anexionados ahora, con un simulacro de referéndum al vapor, forman parte del negocio de los rusos, contienen una base militar de importancia y formaron parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Estos territorios son necesarios de nuevo.
Si algo nos debe llamar la atención es que la población de Crimea es mayoritariamente Rusa. Imaginen a Pedernales dentro de 50 años reclamando por referéndum su anexión a Haití. Nada extraño. Quizás hasta antes. Todo depende de si encuentran oro o petróleo en Pedernales. Allí hay una lectura a largo plazo.
Cerca de Haití está otro tema de cartografía. Los cubanos hablan mucho de independencia, y todas esas cosas pero calladito se guardan a Guantánamo, posesión militar norteamericana desde hace más de un siglo. Con todo y el socialismo castrista los yanquis siguen ahí. Ni uno ni otro se refiere al tema que para mí tiene un tufo de acuerdo desde la crisis de octubre del 1962 cuando aquellos proyectiles pusieron a Nikita Khrushchev y John F. Kennedy a jugar un pulso nuclear.
Los cartógrafos saben que la tierra se mueve por dinero.
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