lunes, 10 de febrero de 2014

Mirando desde la oscuridad

Alfredo Freites
alfredofreitesc@gmail.com
La madre ve cómo su niña está aprendiendo  a caminar. La alegría la invade. Ya inicia su independencia que la hará vivir en el mundo de los adultos. Caerá, se golpeará contra el entorno, hay un poco de  miedo pero esto es necesario para dominar el peligro. Debe tomar riesgos.
Una mañana la madre mira una foto de su hija. Ha crecido y la ve con su uniforme de graduanda  universitaria. El tiempo ha transcurrido. Se graduó de ingeniera. Muchos sinsabores y desvelos planchan esa  toga.  Recuerda claramente esa investidura  y  los pasos de la responsabilidad que  llevaron  su hija al éxito.
Un ruido de cristal roto la trae a la realidad. Alguien cambió de sitio un florero y provocó que Francina tropezara. Ahora como una  niña está aprendiendo a caminar. El 23 de noviembre del 2012, un grupo de delincuentes le robó la visión, la condenaron a cadena perpetua de minusvalía. De profesional brillante la llevan a ejemplo de cómo  abrirse camino en su nueva forma en la vida. Ahora es ciega.
En la noche eterna a donde  fue condenada por los delincuentes que la asaltaron,  Francina se alfabetiza de nuevo. Aún ciega  es ejemplo  de superación. Pero no puede evitar escuchar cómo la sociedad de la que fue elemento productivo habla de inocencia y falta de pruebas, de descargos o incompetencias que benefician a sus verdugos.
A su lado sus padres lloran en silencio. No quieren exhibir flaquezas que obstaculicen la decisión de Francina Hungría de salir adelante.
Los padres de familia, los abuelos, los tíos, los hermanos virtuales de Francina también lloramos en silencio. Pensamos que la condena no es venganza social, pero  el delito no puede quedar impune. El castigo es un ejemplo. Una asociación de malhechores no es un hombre ni un nombre, es una inconducta agravada con la violencia. De un lado un grupito que tiene el delito por estilo de vida y de la otra la   mutilada promesa de una sociedad  abochornada.
El tribunal lució  como un reducto de la fatalidad, donde un hatajo de malvivientes reciben el espaldarazo para seguir mutilando vidas y del otro un ejemplo vivo del miedo de los padres a que sus hijas sean asaltadas y  muertas en las calles, a plena luz del día.
En Francina hay un reclamo de seguridad efectiva y justicia eficiente.

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